Isaac Del Toro: el desafío de correr por México

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Desde las calles de Brossard hasta la meta en Montreal, el Mundial de Ciclismo mostró algo más que el quinto lugar histórico del mexicano: la dimensión de un corredor capaz de movilizar a una afición y, al mismo tiempo, el desafío de construir a su alrededor un equipo con la profundidad necesaria para competir por un campeonato del mundo.

Al ver la salida de los ciclistas del Campeonato Mundial de Ruta por Boulevard de la Lune, en Brossard, no teníamos idea de cómo leer la carrera.

Habíamos llegado con el afán de ver a Isaac Del Toro. Había banderas mexicanas, camisetas de la selección y aficionados apostados detrás de las vallas. Algunos habían viajado desde México exclusivamente para verlo competir. Después de presenciar la salida en Brossard tenían previsto tomar el REM (el nuevo tren que cruza el puente Champlain) para regresar a la isla de Montreal y buscar otro punto desde donde seguir la carrera hasta la llegada.

La afición mexicana esperando la salida de los ciclistas de la categoría élite varonil Mundial UCI 2026, en el Dix30 de la ciudad de Brossard.

Pero en la carretera, Del Toro era apenas uno entre 184 ciclistas y 61 delegaciones.

La segunda vez que los vimos pasar tuvimos, además, una hábil ayuda para entender lo que ocurría. Junto a nosotros estaba Jennifer Lagos, una ciclista venezolana de 17 años que pocos días antes había competido en este mismo Mundial, en la prueba Junior femenina. Llevaba consigo su bicicleta de competición y esperaba tomar también el REM de regreso a Montreal.

Jennifer nos contó brevemente cómo había vivido su propia carrera. En el momento de la salida estaba tan nerviosa por la emoción y la adrenalina que le temblaban las manos. Hizo un movimiento hacia atrás con el pedal y, justo cuando se había dado la salida, se le salió la cadena. Tuvo que detenerse y recolocarla con sus propias manos, perdiendo algunos segundos vitales. Continuó, pero más adelante los oficiales le indicaron que debía abandonar.

Jennifer Lagos durante su estancia en Montreal, donde vivió su primera experiencia mundialista tras obtener el subcampeonato panamericano juvenil en Colombia. Foto: Frida Velarde

Ahora, unos días después, estaba junto con nosotros detrás de una valla, para ver competir a la elite varonil.

Cuando apareció el primer grupo de corredores, Jennifer nos explicó que eran los escapados eran una docena de ciclistas. Venían muy por delante del gran pelotón y, según su lectura de la carrera, los corredores más fuertes estaban todavía atrás. Después habría que esperar varios minutos (casi 8) para que apareciera el enorme grupo compacto de ciclistas que pasaban como exhalaciones.

Y entonces lo vimos. El pelotón giró espectacularmente hacia el Boulevard Roma como un gran cardumen. Dentro de aquel crisol de bicicletas y uniformes alcanzamos a distinguir varios maillots mexicanos que punteaban. Busqué a Isaac Del Toro, pero no conseguí localizarlo. Sí vimos pasar a Paul Seixas, integrado en el grupo.

Todavía no sabíamos que aquella imagen, un grupo enorme que poco a poco comenzaría a deshacerse en pequeños grupos, ataques y persecuciones, era una de las claves para entender lo que sucedería durante las siguientes horas.

La prueba de ruta élite masculina del Mundial de Montreal tenía 273.4 kilómetros y terminó después de más de seis horas de carrera. El estadounidense Brandon McNulty atacó cuando faltaban unos 33 kilómetros y consiguió mantenerse en solitario hasta conquistar el título mundial. Michael Matthews fue segundo y Mathieu van der Poel, tercero. Del Toro terminó quinto, a 14 segundos del campeón y a apenas un segundo del podio.

Para México, el resultado fue histórico: nunca antes un corredor mexicano había terminado entre los cinco primeros de un Mundial de ruta élite. Además, Del Toro mejoró el séptimo lugar obtenido en 2025.

Pero mirar únicamente la clasificación final deja fuera una parte fundamental de lo que ocurrió.

En una carrera de esta distancia, un corredor no compite únicamente contra otros corredores. Compite también contra el viento, el desnivel, el cansancio, los ataques y, sobre todo, contra la necesidad de gastar energía en el momento correcto. Ahí aparece una palabra que quizá para quienes no seguimos habitualmente el ciclismo de ruta resulte poco familiar: gregario.

Un gregario es un corredor cuya función principal es trabajar para otro corredor del equipo, normalmente el líder. Puede protegerlo del viento, llevarle agua y comida, cerrar huecos, perseguir una fuga, responder a ataques, marcar el ritmo, colocarlo bien antes de una subida o llevarlo hasta un punto estratégico de la carrera. En determinadas circunstancias, incluso sacrifica sus propias posibilidades de obtener un buen resultado para que su líder conserve energía.

El ciclismo tiene una paradoja: muchas veces el corredor que termina levantando los brazos en la meta es también el que menos podría haberlo hecho sin el trabajo de quienes quedaron detrás. Y esa fue una de las diferencias que se hicieron visibles en el mundial de Montreal.

Según la reconstrucción del diario La Jornada, la selección mexicana comenzó la carrera trabajando para mantener controlada la fuga y proteger a Del Toro. Sin embargo, sus compañeros competían en categorías profesionales inferiores a la de él: ninguno pertenecía al WorldTour, la máxima categoría del ciclismo profesional. Poco a poco, los mexicanos fueron quedándose atrás hasta que Del Toro terminó corriendo durante un largo tramo sin compañeros a su alrededor.

Del otro lado estaba el equipo de los Estados Unidos. Brandon McNulty pudo lanzar su ataque decisivo sabiendo que detrás de él permanecían dos compañeros de selección, Quinn Simmons y Matteo Jorgenson, que terminarían cuarto y octavo respectivamente. La propia selección estadounidense destacó después que había trabajado como un equipo y que había colocado corredores por delante durante la carrera.

McNulty logró una victoria histórica al proclamarse campeón del mundo en la prueba de ruta élite, convirtiéndose en el primer estadounidense en ganar este título en 33 años. Foto de la salida. Sofia Garcia-Broca.

McNulty, además, conoce perfectamente el otro lado de esta ecuación. En su equipo profesional, UAE Team Emirates-XRG, ha trabajado en numerosas ocasiones para corredores líderes, entre ellos Tadej Pogačar e Isaac Del Toro. En Montreal, sin embargo, no corría para UAE: llevaba el uniforme de Estados Unidos y resultó él quien tuvo la oportunidad y la visión de ganar.

Ser gregario no significa ser un corredor menor. Significa cumplir una función táctica. Un ciclista capaz de trabajar para un líder puede, en otra carrera y con otras circunstancias, convertirse él mismo en protagonista y así pasó en el mundial de ciclismo 2026.

¿Dónde termina el equipo y empieza la selección?

Tras la carrera, el inglés Tom Pidcock afirmó que Isaac Del Toro había terminado trabajando para Brandon McNulty, su compañero en UAE Team Emirates-XRG. El australiano Michael Matthews, segundo en la meta, también cuestionó la cooperación entre corredores de distintas selecciones, que a su juicio dificultó la persecución del estadounidense.

Las declaraciones abrieron un debate sobre la influencia de los equipos profesionales en una competición nacional. Sin embargo, compartir equipo durante la temporada no demuestra por sí solo que existiera una colaboración deliberada en el Mundial: la acusación de Pidcock es una interpretación de lo ocurrido, no una prueba de las intenciones de Del Toro.

Del Toro habló después de la carrera con una mezcla de satisfacción y frustración. Hay una frase suya que resulta particularmente reveladora:

“No me quedo con nada hasta la línea de meta.”

No habla como alguien que considere que el quinto lugar fue suficiente. Había ido a Montreal a intentar ganar el mallón arcoíris. 

También reconoció una cuestión táctica propia:

“Tal vez en el sprint me debí haber colocado mejor.”

Pero quizá la declaración más interesante para entender la carrera fue otra:

“Sabíamos que no teníamos el equipo pero no era porque no teníamos las ganas ni la disposición de hacerlo.”

No es una acusación contra sus compañeros. Describe una realidad táctica: México tenía en Del Toro a su principal carta, pero las demás selecciones sabían que no contaba con la misma capacidad colectiva para responder una y otra vez a los movimientos del pelotón. Y eso importa mucho en una carrera de esta naturaleza.

La propia organización de la prueba terminó convirtiendo el gran cardumen que vimos en Brossard en algo completamente diferente. Los grupos se rompieron, los corredores atacaron, otros tuvieron que cerrar huecos y cada esfuerzo comenzaba a costar más. Del Toro trabajó durante largos tramos para reducir distancias y, según la crónica de AFP, en varios momentos lo hizo con Seixas a su rueda, es decir, con el francés aprovechando el rebufo del mexicano para ahorrar energía.

A unos 33 kilómetros de la meta, McNulty encontró el momento para atacar y esta vez no hubo respuesta suficiente. El estadounidense se fue solo y detrás comenzó una persecución desordenada. La ventaja llegó a superar el minuto antes de reducirse considerablemente en los kilómetros finales, pero McNulty consiguió resistir.

Del Toro terminó quinto, pero en Montreal había otra carrera sucediendo detrás de las vallas.

Una carrera hecha de banderas mexicanas, camisetas verdes, gritos y un pequeño toro de peluche levantado en dirección a la carretera para intentar llamar la atención del ciclista de Ensenada.

Aficionados ondean un "torito" de peluche, simbolo para identificar a Isaac Del Toro. Foto: Sofia Garcia-Broca

Entre los aficionados encontramos incluso a personas que habían viajado desde México únicamente para verlo competir. Querían estar allí aunque nadie pudiera garantizarles que Del Toro subiría al podio. Habían viajado para verlo intentarlo. Después de la salida en Brossard, tomarían el REM de regreso a Montreal para continuar siguiendo la carrera.

Ese entusiasmo ayuda a entender algo que no aparece en la clasificación oficial: Isaac Del Toro ya no representa únicamente una posibilidad deportiva. Para muchos aficionados mexicanos se ha convertido en una razón para mirar el ciclismo, seguir una carrera de seis horas, aprender qué es una fuga, entender qué significa cerrar un hueco y esperar durante minutos a que pase un pelotón.

Y también explica lo que ocurrió después de la meta. Del Toro terminó, se desplomó junto a una de las vallas y lloró de espaldas a su público atónito. Después de más de seis horas sobre la bicicleta, había quedado a dos lugares y un segundo del podio. La Jornada describió cómo la multitud mexicana consiguió devolverle la sonrisa y celebrar lo que para ellos era una proeza histórica. Para el corredor, sin embargo, la lectura era diferente. Había intentado ganar.

Isaac Del Toro visiblemente emocionado tras cruzar la meta en quinto lugar. Foto: Sirotti

En un video posterior a la carrera, Del Toro explicó que México había llegado dispuesto a hacerlo y que todos los equipos habían estado atentos a la posibilidad de aprovechar la falta de profundidad mexicana. También dejó una frase que parece mirar directamente hacia el futuro:

“Creo que se vio que van a batallar mucho más el próximo año.” No era solamente la promesa de volver a intentarlo. Era también el reconocimiento de una lección que Montreal hizo visible.

México tiene un corredor capaz de estar en las conversaciones decisivas de una de las carreras más importantes del ciclismo mundial. Lo que queda por construir es la estructura que pueda acompañarlo cuando la carrera entre en su fase más dura.

Porque México tenía un as. Pero una carrera de 273 kilómetros no se gana solamente con un as: hace falta una mano completa.

Y quizá esa sea una de las imágenes que deja este Mundial: mientras un pequeño grupo de corredores mexicanos se perdía dentro de aquel enorme cardumen que vimos pasar por Brossard, miles de kilómetros más allá de casa había aficionados que habían viajado hasta Montreal para encontrar, entre cientos de bicicletas, a un solo hombre.

A Isaac Del Toro, el que llaman el Torito de Ensenada.