El cine en la mano: crónica desde la Semana de la Crítica de Montreal

Cine

La segunda edición de la Semaine de la Critique de Montréal se llevó a cabo en el Cinéma du Musée, consolidando un espacio de encuentro que, apenas en su segunda edición, muestra una claridad de propósito y una sensibilidad curatorial pocas veces vistas en la ciudad. Fundada por la revista en línea Panorama-cinéma, la Semana se define como un festival no competitivo, un lugar de encuentro entre cineastas, críticos, investigadores y público general, con el objetivo de fomentar el diálogo, la reflexión y la experimentación cinematográfica.

Montreal se inserta así en una genealogía internacional de semanas de la crítica. Desde 1962, la Semaine de la Critique de Cannes, organizada por el Syndicat français de la critique de cinéma, ha funcionado como un espacio para descubrir las primeras y segundas películas de directores de todo el mundo, legitimando la crítica como práctica activa y no como comentario posterior. Paralelamente, la Critics’ Week de Berlín ha trabajado bajo el principio de que la crítica es una agenda: un lugar donde se discuten política, estética y formas de percepción, cuestionando cómo vemos las películas y qué cine deseamos. La Semana de la Crítica de Montreal se inserta en este legado, sin pretender competir, pero adoptando la misma filosofía: cine como conversación, como exploración y como construcción colectiva de significado.

Al llegar, cada acreditado recibía un pase singular: una pulsera de cuentas con letras que componían su nombre, elaborada por un artesano. Un objeto simple, hecho a mano, que desplazaba la acreditación del protocolo al gesto, y anunciaba desde el inicio una relación cercana y encarnada con la experiencia cinematográfica.

En Montreal, este tipo de experiencia se vuelve aún más relevante ante la ausencia del Festival du Film du Monde, que, tras décadas de actividad desde su primera edición en 1977, concluyó en 2019. Ese festival, reconocido por la F.I.A.P.F. y considerado internacionalmente como de gran envergadura, dejó un vacío que, afortunadamente, otros festivales independientes han comenzado a llenar. Entre ellos se cuentan el Festival Internacional de Documentales de Montreal, el Festival Internacional de Presencia Autóctona, el Festival du nouveau cinéma de Montréal y festivales especializados que, como la Semana de la Crítica o incluso el Festival Internacional de Cine sobre Arte buscan nutrir la comunidad cinematográfica, fomentar cruces interdisciplinarios y sostener la curiosidad del público. En este ecosistema, Montreal demuestra que la ciudad sigue viva, diversa y culturalmente fértil, incluso ante la desaparición de un gran festival.

La experiencia en la sala de Cinéma du Musée confirma esta idea. Se trata de un espacio acogedor y cuidado, donde la programación artística e independiente se combina con la posibilidad de asistir a funciones dobles o triples, y donde la comunidad de espectadores (estudiantes, investigadores, cinéfilos y cineastas) se involucra activamente. La interacción es constante: mientras se espera la proyección, se comentan las películas, se trabaja, se hace networking. Las preguntas y respuestas con los directores, la venta de revistas, carteles y merchandising, los pequeños gestos lúdicos como comprar palomitas o un totebag, crean un ecosistema de cine desbordado, donde el acto de ver la película se desplaza de su lugar central para integrarse en una experiencia crítica, relacional y contextual.

Entre las proyecciones de esta edición, Magallanes, de Lav Díaz, condensó de manera ejemplar el espíritu de la Semana. La película, situada en Filipinas y contada desde la perspectiva de los colonizados, desplaza la narrativa tradicional de la conquista y ofrece una revisión de la historia desde una mirada decolonial, investigada y reconstruida por el propio director. Su enfoque, lúcido, lúdico y confrontacional, resume la ambición de la Semana: cine que piensa, cuestiona y genera conversación.

Junto a Magallanes, la programación ofreció una serie de películas que destacaron por su diversidad formal y política. Cada obra, a su manera, dialogó con el marco curatorial de esta edición: explorando paisajes, cuerpos, sueños y tensiones sociales; combinando intimidad y epicidad; invitando al espectador a participar, reflexionar y emocionarse.

Water Sports de Whammy Alcazaren (Filipinas, 2024, 19'', Tagalog con subtítulos en inglés) es un cortometraje que condensa múltiples tensiones en un formato breve y visualmente intenso. Su estética casi cuadrada, con colores saturados deliberadamente “posterizados”, transmite el calor abrumador de Filipinas y el bochorno físico de los jóvenes protagonistas, estudiantes que entrenan lo que parece ser el servicio social militar. La película no muestra armas ni escenas de combate; centra la atención en la encarnación de la masculinidad a través del cuerpo, la disciplina y la cooperación, especialmente en la relación sutilmente LGBTQ de una pareja que se ayuda, se carga y se cuida entre sí. La repetición de la botella amarilla de agua funciona como un símbolo inquietante, mientras que la puesta en escena con hojas marchitas, moho y óxido refuerza la sensación de un mundo afectado por el calentamiento global y la corrupción institucional. Con sus juegos visuales y ritmo casi gif-animado, Water Sports logra que el espectador sienta físicamente el calor y la tensión de sus personajes, mostrando cómo la economía del tiempo breve puede amplificar la intensidad estética y política de una obra.

Revelations of Divine Love de Caroline Golum (73'', Estados Unidos, 2025, inglés) es un segundo largometraje que revisita la vida de la mística Julian de Norwich, primera autora femenina en inglés, y lo hace con un enfoque a la vez histórico y radicalmente estético. Ambientada en el siglo XIV, la película narra la reclusión de Julian tras experimentar visiones extraordinarias, utilizando maquetas que muestran el paso de las estaciones y un detallado diseño de vestuario y escenografía para reconstruir la Edad Media de manera ingeniosa y psicodélica. La obra recuerda en su teatralidad y precisión visual a Perceval el galés (Éric Rohmer, 1979), pero con un estilo más nítido y contemporáneo, donde las piedras y muros, aunque artificiales, sirven al ritmo narrativo y a la construcción del espacio. El tratamiento del sonido, minucioso y envolvente, refuerza el carácter meditativo de la película, mientras que el lenguaje elevado y epistemológico de Julian aporta una reflexión profunda sobre la experiencia mística, creando un diálogo entre lo histórico y lo imaginativo que resulta fascinante y envolvente.

Entiérranos en un desierto solitario de Nguyễn Lê Hoàng Phúc (Vietnam, 2025, 62'', vietnamita con subtítulos en inglés) es un largometraje que combina ternura, humor y reflexión sobre la muerte y el duelo. La película comienza con un ladrón que intenta robar una casa y termina cautivado por el dueño, un anciano viudo obsesionado con reunirse con su esposa fallecida. Lo que podría parecer un relato simple se convierte en un juego de pactos, cuidado mutuo y construcción de intimidad entre el anciano y su inesperado acompañante. La película experimenta con el formato visual, pasando de un encuadre circular al abrirse en el desierto, y utiliza la arena mostaza como un recurso poético que acompaña la eutanasia voluntaria del protagonista, así como su reunión simbólica con la esposa momificada. Con un tono absurdamente tierno, la obra recuerda a Taste of Cherry de Kiarostami en su delicadeza hacia temas difíciles, pero lo hace mediante un humor sutil y un afecto tangible entre los personajes. La narrativa circula entre la muerte, el duelo y la eutanasia, pero nunca pierde ligereza ni empatía, convirtiendo un acto final tan fuerte en una experiencia conmovedora, entretenida y profundamente humana.

Estoy Sintiendo Algo de Nuno Pimentel (Portugal, 2026, 13 min, sin diálogo, subtítulos en inglés) es un cortometraje de estreno mundial que despliega su narrativa en paisajes aparentemente desprovistos de presencia humana, donde la vida persiste a través de subtítulos autogenerados que describen acciones y emociones invisibles en la imagen. La obra juega con un humor sutil, memético, y con una relación entre texto e imagen que recuerda a los intertítulos del cine silente, pero en clave contemporánea y minimalista. Lejos de crear atmósferas impresionistas o paisajes cautivadores, Pimentel apuesta por la simplicidad y la experimentación con el lenguaje escrito, generando un efecto poético y ligero que involucra al espectador en un acto de lectura activa y contemplación. Su estreno fue recibido con calidez, celebrando la valentía de presentar una obra que explora cómo la narrativa y la emoción pueden surgir de lo que no se ve, sino de lo que se sugiere.

Cada una ofreció un gesto singular: algunas desafiaron formalmente la narrativa, otras reflexionaron sobre temas políticos y sociales, y todas contribuyeron a crear un diálogo abierto y enriquecedor con el público, confirmando que Montreal está en camino de construir una tradición crítica propia, accesible y estimulante, en paralelo con los grandes ejemplos internacionales de Cannes y Berlín.

En conjunto, esta segunda edición de la Semana de la Crítica de Montréal confirma la vitalidad del cine independiente y reflexivo en la ciudad. Espacios como este no solo permiten descubrir nuevas voces, sino que también construyen una comunidad crítica, interdisciplinaria y accesible, donde el cine se experimenta como diálogo y encuentro. Montreal, con esta Semana, demuestra que incluso ante la desaparición de grandes festivales, su ecosistema cinematográfico sigue vivo, diverso y capaz de inspirar a cineastas, investigadores y espectadores por igual.