La 28ª edición del Festival Internacional de Documentales de Montreal (RIDM) abrió con una función inaugural que condensó, desde el primer momento, el espíritu del festival: cine atento a lo humano, a los márgenes y a las formas contemporáneas de habitar el mundo. La noche de inauguración tuvo lugar el jueves 20 de noviembre en el Monument-National, en una Montreal particularmente gélida, contrastada por un público cálido y entusiasta que llenó la sala en su totalidad, incluso con personas de pie. Los aplausos se prolongaron para cineastas, programadores y el equipo que sostiene este vibrante festival, confirmando a RIDM como un espacio de encuentro vivo entre el cine documental y su comunidad.
La película de apertura fue Letters from Wolf Street, del cineasta Arjun Talwar, un documental que construye un retrato tierno y profundamente matizado de un barrio de Varsovia, observado desde la mirada sensible de un realizador con trasfondo migrante, en búsqueda de conexión y pertenencia. Talwar realiza aquí un gesto valiente y honesto: se filma a sí mismo y se convierte en protagonista de su propia historia, asumiendo el riesgo del documental autobiográfico sin caer en el narcisismo.
La cinematografía, dominada por tonos pálidos y amarillentos, evoca una Polonia suspendida en el tiempo, casi espectral, como si todavía flotaran los residuos visuales de una era comunista que persiste en la textura de los muros, en la luz y en los cuerpos. Los habitantes de la calle que Talwar se empeña en filmar no necesitan actuar ni adoptar poses para existir en el encuadre: son personajes singulares, entrañables, que se ofrecen tal como son. Su presencia sostiene la película con una naturalidad poco frecuente, donde el dispositivo documental se vuelve casi invisible.
En este sentido, Letters from Wolf Street dialoga claramente con Daguerréotypes (1976) de Agnès Varda, aquel retrato minucioso de la vida cotidiana de los vecinos y comerciantes de la rue Daguerre en Francia. Tanto Varda como Talwar convierten lo ordinario en un espacio poético y político: observan lo cotidiano no como algo banal, sino como un archivo vivo de la posmodernidad, de sus confusiones, contradicciones y afectos. Ambos cineastas entienden el barrio como un microcosmos donde se inscriben las grandes tensiones del mundo contemporáneo.
La película resonó conmigo de manera particular. Me remitió a mi propia experiencia como inmigrante en el País Vasco, donde viví tres años mientras estudiaba cine en la entonces recién fundada Elias Querejeta Zine Eskola (EQZE). Nos tocó vivir ahí la pandemia, el confinamiento y los toques de queda; una temporalidad suspendida que redefinió nuestra relación con el espacio y con los otros. Recuerdo las interacciones intermitentes con los dueños de bares y cafés, figuras locales llenas de carácter, tan duros como encantadores y complejos como los habitantes polacos que Talwar retrata en Varsovia.
La secuencia de la manifestación en la película (del dia de Polonia y los estandartes de la virgen Maria) me llevó, inevitablemente, a los meses del postconfinamiento, cuando salimos a marchar por Black Lives Matter y, de pronto, aparecieron jóvenes y comunidades LGBTQ de todas partes, conformando una multitud inesperada y luminosa. Era una marcha atravesada por el duelo, pero también por una esperanza colectiva que volvía a tomar la calle. En Letters from Wolf Street, esa dimensión política emerge sin estridencias: la calle se convierte en un espacio donde lo íntimo y lo social se cruzan, donde el gesto mínimo puede contener una forma de resistencia.
Con esta película, RIDM no solo inauguró su edición número 28, sino que propuso desde el inicio una reflexión sobre comunidad, desplazamiento y pertenencia, recordándonos que el documental sigue siendo una herramienta privilegiada para observar el mundo desde sus fisuras más humanas.
Encuentros fortuitos y cine hecho por impulso: El mundo al revés
En la fila de la inauguración del RIDM ocurrió uno de esos encuentros fortuitos que solo los festivales propician. Ahí nos encontramos con Leon Schwitter, director de la película El mundo al revés. Suizo, con un español impecable, nos contó que estaba en Montreal para presentar su filme de 77 minutos en el festival. La conversación fue breve, pero suficiente para sembrar la curiosidad por ver su obra. Días después, decidí asistir a la segunda proyección de la película, esta vez en el Cinéma du Parc, donde nuevamente estaban presentes Schwitter y su novia argentina, quien es codirectora de la película.
Durante la presentación, ambos confesaron que el proyecto nació bajo la influencia de un cineasta (cuyo nombre no revelaron) que tenía el ímpetu radical de hacer tres películas al año, a veces con dinero y a veces sin él. Más que un modelo de producción, se trataba de una ética del hacer: filmar sin pensarlo demasiado, confiar en el impulso y en las circunstancias. El mundo al revés surge precisamente de ese reto. Iban a pasar tres meses en un pequeño pueblo de Córdoba, Argentina, y decidieron que ese tiempo y ese lugar eran la oportunidad perfecta para hacer una película dejándose llevar, sin sobreintelectualizar el proceso.
Aunque la película no se percibe estrictamente como un documental —más bien se siente como una ficción—, sus protagonistas son familias locales, oriundas de la región. Personas que los directores fueron encontrando y pensando, casi intuitivamente: “esta tiene que estar en la película”. Y así, una a una, fueron integrándose al relato.
La sinopsis establece el tono de inmediato:
En un pequeño pueblo del campo argentino, los habitantes llevan una vida marcada por la naturaleza y la rutina. Cuando una luz se le aparece al anciano agricultor Omar una noche, emprende junto a su nieto Noah un viaje en busca de sentido. En una casa de vacaciones cuyos dueños nunca están, las dos empleadas domésticas, Rosana y Lily, hacen un descubrimiento que abre para ellas una nueva forma de conocimiento.
La película comienza con una escena inquietante y delicada: un grupo de personas sentadas en una banca de iglesia de pueblo, mirando hacia el altar. En la pared blanca, ligeramente empolvada, los fieles creen distinguir la sombra de la Virgen. Y, en efecto, algo se percibe en el plano: una forma ambigua, sugerente, que deja espacio a la interpretación y marca desde el inicio un clima de fe popular y misterio cotidiano.
En paralelo, dos mujeres que limpian una casa de campo escuchan, a través del altavoz, a sus patrones que llaman desde Buenos Aires y que —como siempre— anuncian su llegada sin concretarla nunca. En una de las habitaciones, al abrir un clóset, descubren una pared tapeada con bloques de ladrillo cocido, como si algo hubiese sido ocultado dentro. Ese espacio abrupto se transforma pronto en objeto de devoción: lo adornan con velas y peticiones, convirtiéndolo en un altar improvisado donde lo inexplicable encuentra forma.
Sin embargo, el eje central del filme es la historia de Omar, el abuelo que cuida a su nieto Noah. Una noche, mientras la madre del niño sale a una fiesta de pueblo a bailar, Noah duerme y Omar toma el fresco sentado en una silla afuera, de frente a la vereda. De pronto, de su boca emerge una bola de luz, que se desplaza en línea horizontal, camina entre la maleza, hasta que se pierde. Omar queda impávido, a partir de ese acontecimiento, comienza a averiguar, a preguntar y a contar lo sucedido sin exageración o dramatismo. Su relato suena menos a un episodio médico que a una historia mística de campo, transmitida con la serenidad de quien acepta lo inexplicable como parte de la vida.
La codirectora explicó que el trabajo con los actores naturales de la región se basó en principios de teatro pedagógico, privilegiando la improvisación, especialmente en el caso del niño Noah. Esa decisión se siente en pantalla: los gestos, los silencios y las acciones parecen surgir orgánicamente del entorno, sin impostación.
El mundo al revés es una película sin pretensiones, pero eficaz. A pesar de su ritmo aparentemente lento, nunca aburre. Al contrario, atrapa al espectador en su aire naturalista, donde se filtra un suspenso rural sutil, tejido entre la naturaleza y la rutina. El diseño sonoro refuerza esa atmósfera: los sonidos del campo, el viento, los silencios prolongados, contribuyen a un clima místico que remite inevitablemente al realismo mágico, no como artificio estilístico, sino como forma de percepción del mundo.
En el contexto del RIDM, El mundo al revés funciona como un recordatorio de que el cine (documental o de ficción) puede nacer del impulso, de la observación atenta y de la confianza en los lugares y las personas. Un cine que se hace al revés de las lógicas industriales, pero a favor de una sensibilidad profundamente humana.
En Montreal, en la 28ª edición del RIDM, estas películas reafirmaron de manera conjunta lo que el festival representa desde hace años: un espacio donde lo cotidiano adquiere resonancia política y donde la comunidad no es un concepto abstracto, sino una construcción viva y frágil. Desde las calles de Varsovia hasta los paisajes rurales de Córdoba, el RIDM nos recuerda que el cine documental sigue encontrando sentido no en el espectáculo, sino en los gestos mínimos, en los barrios y en los espacios compartidos. Así, encuadra lo ordinario como un territorio político: sutil, íntimo y profundamente humano.

